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LA ETERNIDAD Y UN DIA - Mia aiwniothta kai mia mera


Excelente trabajo de Bruno Ganz1998, Color, 130´
Grecia
Dirección y guión: Theo Angelopoulos
Montaje: Yannis Tsitsopoulos
Música:  Eleni Karaindrou
Fotografía: Giorgos Arvanitis, Andreas Sinanos
Escenografía: Giorgos Ziakas, Costas Dimitriadis

Elenco: Bruno Gantz, Fabrizio Bentivoglio, Isabelle Renauld, Achilleas Skevis, Alexandra Ladikou


Una vez más tenemos la posibilidad de ver en la Argentina una película que se corre de los lugares comunes del cine de fabricación en serie, del cine de narración lineal, del cine organizado con recursos robados a la literatura.

La propuesta de Angelopoulus, tanto en La mirada de Ulises (1998) como en el presente filme,  apunta hacia un cine de representación. No se atiene a los dictámenes de género y por lo tanto apela a la imaginación más que al verosímil. El realismo – ese bien tan preciado por Hollywood -  adquiere en esta puesta un valor absolutamente secundario.

La eternidad y un día  es el relato de un encuentro: un escritor en el umbral de la muerte, un niño albanés refugiado de guerra.

Los caminos de ambos se cruzan cierto día, tras una redada policial que el chico (A. Skevis) elude gracias a la ayuda de Alexandre, el escritor  (B. Gantz).  No hablan el mismo idioma pero se entienden y se comunican por alguna razón más cercana a la humanidad que a la lógica del idioma, que a la razón.

A partir de este encuentro se conectan los recuerdos y las proyecciones del artista sobre su inminente paso a la eternidad, con la acuciante necesidad del chico por vivir el día a día, lejos de la persecución policial y de los  traficantes de niños.

En compañía del chico por las calles de Salónica (Grecia), en un autobús, el escritor focaliza su memoria en tiempos idos y felices, pero también proyecta un futuro posible como si pretendiera burlar al destino aunque más no sea a través de la imaginación.

Angelopoulos resuelve estas cuestiones del guión de una manera soberbia: hace convivir pasado, presente y futuro en un mismo tiempo. Ya no se trata del tiempo como sucedáneo de la acción; no son las acciones determinadas por la lógica causa-efecto las que dan la idea del paso del tiempo. En una escena Alexandre recuerda a su esposa Anna llorando en el balcón de la casa de la playa; él escritor la acompaña pero con sus ropas del presente.

En otra escena el chico y el escritor abordan un autobús a punto de partir, en el viaje el artista recuerda al poeta Dionisos Salomón. Sin embargo al concluir la escena vemos que el autobús en realidad jamás partió.

El tiempo, la supervivencia, la muerte, la comunicación más allá de la palabra: todas estas cuestiones de la existencia humana están abordadas por Angelopoulos con recursos genuinos del cine. El valor agregado es el excelente trabajo de Bruno Ganz, la música y lo cuidado de los diálogos.

Una escena crucial sintetiza con palabras el planteo más abarcador de este logrado filme de Angelopoulos:¿qué es el mañana?  pregunta un personaje, y le responden: la eternidad... y un día.

Gustavo Camps


“La vida es algo que pasa a nuestro lado mientras creemos que hacemos cosas importantes”

John Lennon

Alexandre tiene sus días contados. Está obsesionado por terminar un poema y esta obsesión lo hace buscar raudamente las palabras y definiciones que le faltan, tal como una vez lo hiciera el poeta Dionysos Solomos  (en el rol, Fabricio Bentivoglio), griego como él.

Hace un siglo Solomos regresaba a su tierra habiendo perdido su lengua materna – el griego -  y por ello pagó por cada nueva palabra que le aportaron.

Ambos – Alexandre y Solomos – padecen la misma limitación: no pueden concluir su creación.

La eternidad y un día quizás marca un punto de inflexión en la filmografía de Theo Angelopoulos. Su habitual trascendencia aparece integrada. Concatena la historia con personajes y hechos del pasado y el presente (recuérdese Megalexandro). De esta manera marca la circularidad de la historia, que concluye con una panorámica de 360 grados.

En La mirada de Ulises el personaje, mítico como en La eternidad..., relata su periplo en los Balcanes; se trataba de un director de cine en busca de un filme apócrifo, o tal vez no. El cineasta era exiliado  como los es el Alexandre de La eternidad y un día.

Aquí Angelopoulos incluye un contrapeso para Alexandre, que está basado sobre la realidad cotidiana actual: un niño albanés que limpia parabrisas en los semáforos y debe cuidarse de especuladores que viven de la venta de chicos en su situación a personas adineradas.

El encuentro de Alexandre con el niño modifica su búsqueda y lo lleva a una relectura de su vida. Esto y el hallazgo de una carta de su esposa lo disparan hacia el pasado.

Angelopoulos evita los cortes habituales en el montaje tradicional. Es un maestro en la elaboración de refinados planos-secuencia, esto es, acción y reacción de los personajes dentro del plano. Realiza pases de tiempo y lugar sin cambiar de plano. Esta es una técnica iniciada por el director argentino Luis Saslavsky en la película La fuga (1939) y que ulteriormente empleará el director sueco Alf Sjöbarg en el filme La señorita Julia, de los años ´50, basado en una obra de Strindberg.

En cuanto a las actuaciones, diremos que evitan el énfasis exterior, reconcentrándose tal como lo sugería el realizador alemán Murnau, que les decía a sus actores: “¡No actúe; piense!”.

Alexandre se presenta de la misma manera que José Luis Vázquez en La prima Angélica, de Carlos Saura: él regresa al pasado pero en su condición presente (hasta la misma vestimenta).

Sobre el final y en racconto el poeta le pregunta a su esposa Anna ya fallecida: “¿Qué es el mañana?” Y ella le responde: “La eternidad...y un día”. Este intelectual estigmatizado por los vocablos (y no por la realidad) nos recuerda que “ningún edificio cae fuera del lenguaje”.

Eternidad, día, poeta, muerte, junto a tantas palabras, son la conclusión de una base lingüística y abstracta que nos configura y atraviesa.

Raúl Valls

 

 
 

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