La
chica del puente es una comedia romántica filmada en blanco y negro.
La
belleza de esta obra proviene de la economía narrativa que ejerce el
director - resuelve su historia en noventa minutos - y de la comunión
que logran los protagonistas (Daniel Auteuil y Vanessa Paradis)
ante la cámara.
Gabor
y Adele recuerdan a personajes
de la nouvel vague francesa. Le escapan a la objetivación, es decir, a
ser apresados por un modelo que los caracterice. La humanidad es lo que
cuenta en ellos. No tienen lugar fijo, hoy están en París, mañana en
San Remo y pasado mañana en Estambul; duermen en un barco, un hotel o
un dormitorio público. Gabor lleva con él un montón de baúles con
elementos de trabajo (es lanzador de cuchillos) pero vive con lo puesto,
como Adele.
Es
absolutamente verosímil que su hábitat sea el mundo lúdico del circo
y del music hall.
Las
primeras secuencias del filme muestran esta deliberada construcción errática
de los personajes. En un grupo de autoayuda Adele es interpelada por una
profesional, con el ánimo de clasificar el mal que la perturba, pero
con cada respuesta da la sensación de que Adele ha reformulado la
pregunta y evita ser encasillada.
Adele
y Gabor se conocen en un puente de París; ella intenta suicidarse pero
él la rescata para ofrecerle algo casi tan efectivo como el puente para
la muerte (pero más emocionante): ser el blanco de sus cuchillos en las
presentaciones circenses.
La
alegoría puede expresarse así: la muerte nos ronda a cada paso, por lo
tanto el suicidio es para
las personas como la redundancia para la escritura: inútil.
El
blanco y negro de este filme es funcional al relato. A diferencia de la
argentina 76 89 03 (Bernard y Nardini), o la española Morir (o no) (V.
Pons), donde predominan los grises, el contraste marcado entre el blanco
y el negro de La chica del puente remite a la manera en que la vida se
presenta para Gabor y Adele: como un continuo fluir de experiencia, pura
acción, nada planificable, decisiones permanentes, la vida del día
como la vida del último día: blanco y negro, blanco o negro. Actuar,
en cierto sentido, efectivamente implica ser extremista, hay que
reconocerlo.
El
apego a la suerte que tienen los personajes también resulta un
ingrediente alegórico por demás logrado. Cuando Adele apuesta en la
ruleta, lo hace siempre por el mismo número. No se trata de
un cálculo matemático ni de una fórmula infalible para ganar,
simplemente es el número que acuerda con Gabor. El amor los potencia
hasta el punto de manejar los hilos de la suerte. Tanto es así, que en
el espectáculo que montan él tira los cuchillos sin mirar. Adele sufre
cortes ínfimos a veces, pero se curan con un pequeño apósito.
Convengamos en que cualquier pareja suele tener desencuentros.
La
chica del puente es una historia de amor y de pasión narrada con
profundos sentimientos hacia el cine.
Gustavo
Camps
Amor,
devoción, entrega
Si
bien el título de esta nota
pertenece al arte musical
(trabajo realizado en los años 70 por Carlos Santana y
John Mc Laughlin) bien puede utilizarse para describir esta
historia de amor.
La
chica del puente es un buen exponente del cine francés. Su
director, Patrice
Leconte, es el mismo de El marido de la peluquera (1990) y
Ridicule (1995).
Filmada
en blanco y negro, la película muestra la relación entre una
joven, triste, sin futuro y sin posibilidades de saber del
goce, y un lanzador de cuchillos que recrea en su destreza el
arte de amar.

Bella la actriz (Vanesa Paradis)
bella la película
La
historia comienza cuando Adele (Vanessa Paradis) está por
arrojarse al río Sena desde un puente, y Gabor (Daniel
Auteuil) trata de convencerla de no hacerlo. Ella se arroja, y
él va detrás para rescatarla.
La
estética utilizada por el director, los tiempos de cada plano
deteniéndose en detalles que parecen superfluos pero
están plagados de simbolismos oníricos, determinarán
la pregunta: ¿Quién salvo a quién?
Un
muy buen filme de un gran director que hace honor a la
historia cinematográfica de su país.
Lic.
Héctor Hochman
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