De
un tiempo a esta parte – por obra y gracia de los efectos digitales
– el cine de horror se ha transformando en cine de impresión más que
de terror. Las películas del género ya no dan miedo, se trata de otra
sensación más cercana a la repulsión
que al pavor o la aprensión. Y no solamente por La casa en la montaña
embrujada, la puesta de William Malone que se estrena ahora. Esto se ve
en varias películas, buenas y no tanto, que apuntan al género: El día
final (P. Hyams), La Maldición (Jan De Bont,1999), Scream – por citar
recientes estrenos – pero también en la saga de Pesadilla o en las Hallowen post
Carpenter. La lírica Leyenda del Jinete sin
cabeza, de Tim Burton, es
una excepción, lo mismo que El proyecto Blair
Witch).
Por
medio de morbosos efectos especiales por computadora la amputación fácil
de brazos, cabezas y torsos se transforma en el fin y no en el medio
para suscitar sensaciones; se ven cuerpos mutilados o toda la pantalla roja de sangre o multicolor porque los
cuerpos estallan, pero ya no se siente miedo como en las películas de La momia o Drácula, o La marca de la pantera
(J. Tourneur, 1942), o como en La noche de los muertos vivientes (G.
Romero, 1968), o como en El
exorcista (W. Friedkin, 1973), o Halloween (J. Carpenter, 1978), por
citar algunas.
La
casa en la montaña embrujada está realizada bajo la concepción de la
impresión antes que el miedo.
No
obstante, William Malone no es un director improvisado, otro no hubiera
incluido toda la secuencia inicial sobre el médico loco y el Instituto
Psiquiátrico Vannacutt. Esa primera secuencia en blanco y negro resulta
un homenaje al cine de miedo que fue el que verdaderamente construyó y
alimentó a los cultores de
género.
Otro
guiño del filme para los acólitos del terror es el personaje Steven
Price construido excelentemente por Geoffrey Rush en homenaje a Vincent
Price.
Por
lo demás, hay una olla convenientemente llena de sangre, unos esposos
que se odian demasiado, un improbable
festejo de cumpleaños con invitados desconocidos que el marido le
organiza a la mujer, un nexo inverosímil (tanto, que tienen que
explicarlo en una escena) entre la casa con vida propia y una notebook
lejana que hace invitaciones por su cuenta y muchos, muchos, muchos
efectos digitales.
En
Blade Runner – un filme que no es de horror pero tiene su lugar en la
cinematografía fantástica- hay
una escena en la que un androide programado para morir a corto plazo
tiene la posibilidad de matar a su rival humano en una pelea, pero se
abstiene; el propio rival
(Harrison Ford) explicará que
al estar a merced del androide sintió que este le perdonaba la vida
porque sabiendo que tampoco viviría mucho más valoró la vida como
principio, como algo supremo más allá del acto en cuestión.
Con
este filme pasa algo similar. Con seguridad, los fieles al género
- incluso los críticos y periodistas que lo siguen – tratarán
de rescatar lo irrescatable de este regular filme de William Malone,
porque gran parte de lo visto en estos años, gracias a la utilización
indiscriminada de efectos digitales, augura el peor de los futuros para
el género.
Gustavo
Camps
No
será un clásico pero divierte y asusta cuando debe
Una
misteriosa casa que fuera alguna vez sede de un instituto psiquiátrico
para criminales dementes se rebela, adquiere vida propia y en su sed de
sangre todos sabemos que cobrará más de una víctima. “La casa de la
montaña embrujada”, remake del clásico film de 1958, dirigido por
William Castle parte del mismo punto que “La maldición”, la
olvidable película de Jan de Bont pero llega mucho más lejos.

Hay
amores que matan
En
el camino construye sus personajes con una ironía particular: el
matrimonio Price vive permanentemente retándose como caníbales, presos
de una relación en la que ambos son alternativamente víctimas y
victimarios, estafadores y engañados. Es más, Steve - interpretado por
Geoffrey Rush, en un merecido homenaje al otro Price, el maestro Vincent
Price- vive precisamente de la ilusión y la mentira, las ama y hace de
ellas su vocación.
El
resto de los actores están correctos en sus papeles y se corren
bastante de esas caras de asustados permanentes a los que nos tiene
acostumbrados la saga Scream.
Mención
aparte merece la excelente secuencia inicial que sumerge al espectador
dentro del mundo pesadillesco del pasado de la institución Vannacut,
una verdadera joyita que el fanático de las películas de terror
seguramente considerará de colección.
La
casa de la montaña embrujada no será un clásico, pero divierte cuando
tiene que divertir y asusta cuando tiene que asustar, cumpliendo
con dos viejos axiomas de las películas de este género, lo que no es
poco.
Marcela
Barriopedro
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