Entre
el género romántico, el thriller y la comedia negra, lo que
destaca de El cartero enamorado - más allá de los diez
merecidos premios en distintos festivales - es la capacidad
con que muestra algo nunca imaginado sobre los países nórdicos
por los argentinos (al menos por los que no los conocimos como
turistas o exiliados).
Nos
referimos a la periferia de una ciudad como Olso, la capital
de Noruega, un sitio que en nuestro imaginario sudamericano
figura como un paraíso del bienestar.
El
filme nos permite ver que en ese lugar de ensueño existen
personajes marginales como Roy, un cartero - que amén de
enamorarse - es capaz de leer y destruir la correspondencia
que en rigor debería repartir, es capaz de insultar a sus
amigos y ofender a sus colegas y hasta es capaz de entrar en
casas ajenas cuando sus dueños no están.
Pero
este personaje - he aquí su riqueza cinematográfica - no es
exactamente un villano, más bien es alguien que pone el
cuerpo en las situaciones que se le presentan y lo pone como
mejor puede. También le robará a un ladrón, y salvará a
una suicida. En este último caso no por héroe, sino
nuevamente, porque está allí y no esquiva el bulto
(literalmente).
Si
el amor toca a la puerta, pues habrá que campear la situación
de la mejor manera posible y cambiar de actitud si lo
vale.
El
cartero enamorado llega a la Argentina con cuatro años de
atraso, muchos premios y una reflexión: el cambio es posible,
sólo hay que saber observar las señales y poner el cuerpo.
Gustavo
Camps
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