Julien
es un débil mental que vive en el seno de una familia salida de la gran
pesadilla americana: un padre alemán que victimiza a sus hijos mediante
humillaciones
dignas de un campo de concentración, un hermano resentido y sometido
a los designios de su amo, una madre muerta carcomida por el cáncer que
sin embargo está presente en las añoranzas de su marido y la voz de
su hija, una hermana incestuosamente embarazada y una abuelita amante de
los
perros.
Y
todavía faltan la perversión, el travestismo, la xenofobia, el
baterista sin
brazos y el grupo de discapacitados
motrices y visuales que cantan rap.
Harmony
Korine, que se había consagrado como guionista de la excelente Kids
para luego obtener muy buena repercusión con su debut como
director en
Gummo, entrega esta vez otra de sus características obras revulsivas y allí
radica el principal problema de este filme: cuando la transgresión pasa
a ser norma
deja de existir como tal y es en este sentido que Julien el tonto, lejos
de sorprender se torna obvia y repetitiva hasta el hartazgo.
Este
filme, que venía precedido de un rumor vanguardista, no hace más que confirmar
que algunos relojes atrasan veinte años y que cierto cine experimental
huele a tomadura de pelo.
Sí
merece una mención especial el tratamiento de la imagen -quizás
lo único realmente
innovador de la película- por su audacia y variedad de recursos.
En
cuanto al rubro interpretativo he aquí un consejo para las futuras generaciones
de actores, si quieren ganar premios sigan la vieja máxima hollywoodense:
siempre rinden más los papeles de esquizofrénicos, tullidos, moribundos
y /o idiotas, consigan uno y no paren hasta el Oscar (o en su defecto
hasta el Festival de cine Independiente de Buenos Aires, depende del circuito
en el que se muevan...).
"Julien
el tonto" no es una gran obra. Quizás su único solitario mérito radique
en no generar indiferencia,
y de vez en cuando es bienvenido un poco
de hormigueo entre tanta butaca dormida. No es suficiente, pero por algo
se
empieza.
Marcela
Barriopedro
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