Dulce
y melancólico: una perspectiva de la historia del Jazz
Si
Ud. es un estudioso de la historia del jazz estará al tanto de que
Emmet Ray nunca existió realmente. Pero podría haber existido.
Emmet
recuerda a muchos músicos de jazz que conocí en los cuarenta, incluso
al tenor que usaba Redi-Whip, justo después de su aparición en el
mercado, en personal versión; o los gatos de la pequeña orquesta
universitaria que acampaban en la cima de una colina en el Midwest por
seis horas, hasta el atardecer, para hacer su jam de The World
is waiting for sunrise.
Emmet
Ray es, tal vez peculiar, pero fiel al estilo de vida del jazz. En un
punto de su carrera se encuentra viviendo del dinero ganado por un par
de prostitutas, una práctica no del todo inédita en los círculos de
jazz, comenzando por Buddy Bolden y Jelly Roll Morton. A fines de los
cuarenta me encontré con varios músicos locales que eran
“managers”, el eufemismo que Emmet prefiere usar en lugar de
proxeneta.
Como
muchas leyendas del jazz, Emmet es un antihéroe, pero su ejecución de
guitarra -hermosamente sostenida en el filme por el magnífico Howard
Alden – compensa su multitud de pecados.
Emmet
también es un viajero que no sólo hace su tour por los Estados Unidos,
sino que ha tocado intensivamente en Europa. El guitarrista ficticio
vivió en una época en la que los jazzistas eran los primeros en
recorrer el país, regando la conciencia del jazz incluso para las
audiencias norteamericanas que estaban más allá del modesto alcance de
la radio y las grabaciones.
Esta
original forma de arte norteamericano (no obstante, el comentario del
historiador Arthur Schlesinger acerca de que la única forma de arte
norteamericano original era el cine) no sólo se diseminó a lo largo
del país, sino por Europa en los años veinte y treinta.
El
camino fue pavimentado por hombres de la talla de Louis Armstrong y Duke
Ellington, que fueron recibidos con gran entusiasmo cuando aparecieron
del otro lado del Atlántico en 1932 y 1933 respectivamente. La
audiencia de estos grandes talentos incluyó a músicos extranjeros que
se moldeaban a imagen de los pioneros del jazz americano.
Muchos
europeos tenían un nivel de ejecución soberbio pero sólo uno se
convertiría en una verdadera influencia para los jazzistas
norteamericanos: el guitarrista gitano Django Reinhardt. En París,
Reinhardt y el violinista Stephan Grapelli fundaron el Quinteto del Hot
Club de Francia en 1934. Al importar su ethos gitano, romántico y
agridulce al jazz norteamericano, del cual se había enamorado
perdidamente, Django creo
un sonido y un estilo totalmente originales.
La
primera pieza musical que se escucha en Dulce y melancólico es When the
day is done, de Django Reinhardt, del año 1937. Como ha demostrado en
sus elecciones musicales para muchos de sus filmes, la pasión de Woody
Allen por el jazz es irradiada estilísticamente, desde el clarinete de
inspiración New Orleáns que es tal vez el más cercano a su corazón.
Previamente
habíamos escuchado en sus bandas de sonido a Louis Armstrong, Ben
Webster y Erroll Garner, entre otros. Esta vez, con el que ha sido
largamente su director musical, Dick Hyman,
en la conducción (y a veces en el piano), Allen usa una rica
mixtura de grabaciones del periodo así como interpretaciones flamantes
a cargo de los guitarristas Howard Alden y Bucky Pizzarelli. Es posible
escuchar el contagioso estilo de estos increíbles músicos en Limehouse
blues, Sweet Georgia Brown y I´ll see you in my dreams. Alden también
interpreta Mystery Pacific, de Django.
Al
propio Reinhardt se lo escucha en las grabaciones originales de Avalon y
de Liebestraum. El violinista Joe Venuti y el guitarrista Eddie Lang están
representados por After yuo´ve gone y hay selecciones por Ted Lewis,
Sydney Bechet, Red Nichols, Bix Beiderbecke, Bunny Berigan, Henry Busse
y el lider de la banda británica Ambrose.
A
través de todo el filme, la música aporta al humor y al pathos. En el
que tal vez sea uno de los momentos más conmovedores del filme, Emmet
Ray (Alden) interpreta sin acompañamiento I´m forever blowing bubbles
mientras corteja a Hattie. Al final la película está impregnada no sólo
de la música sino también del espíritu del jazz.
Ira
Gitler
Coautor
de The biographical Enciclopedia of jazz (Oxford press)
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