El boxeador
Rubin “Huracán” Carter estuvo veinte años en la cárcel por un
crimen que no cometió. Deportista de color, nada dócil, ingresó a
prisión a mediados de los sesenta. Primero intentó mostrar su
inocencia pero después bajó la guardia y optó por construirse una
caparazón que lo apartó de las miserias carcelarias pero también del
contacto con el mundo exterior. Bob Dylan (expone el caso en una
canción)
y Muhammad Ali - Cassius Clay, entre otros,
pidieron durante mucho tiempo por él, sin éxito.
En
los ochenta un adolescente canadiense, también afroamericano, se
encontró con el libro The Sixteenth round, una biografía que el
boxeador había escrito sobre su tragedia; a partir de allí se conectó
con Huracán e inició nuevamente la lucha para sacarlo de prisión, pero con la ayuda de unos benefactores
canadienses.
El
desarrollo de Jewison - un experimentado director ducho en estas
puestas - es demasiado previsible, es decir, presenta la
estructura típica de los docudramas testimoniales sobre un acto
de injusticia.
Primero
la presentación de la víctima, luego el hecho en cuestión, después
la aparición del malo encarnación de la injusticia (exageradamente
malo Dan Hedaya), luego el juicio, la llegada a la cárcel, el quiebre
de la víctima, en el medio información documental, y para finalizar la
fuerza que renace y el triunfo de los buenos (Rod Steiger, como el juez
justo, se está convirtiendo en un clásico).
Lo
que si llama la atención es la aparición
angelical, flu, como de caídos del cielo, del grupo canadiense
de activistas. No se sabe sin son de alguna organización contra las
injusticias o justicieros individuales o practicantes de alguna religión
(esta última es broma).
Lo
que cae de maduro es la construcción
de escenas para el lucimiento de Denzel Washington más allá de sus
reales condiciones. Nos referimos, por ejemplo, a esa en la que Huracán
es visitado en la prisión por el joven Lesra (V. Reon Shannon).
Nos muestra al boxeador en un vértice del salón, en
semipenumbra, plano medio de él sentado con los brazos sobre un mesa
mirando firme adelante como un dios que espera ser venerado.
“¡Vean
señores de la Academia, a este Actor hay que premiarlo!” parece
exclamar Jewison.
Sin
embargo, las escenas en el cuadrilátero peleando, o ya preso, quebrado
después de un terrible castigo en una celda para rebeldes, nos indican
que Washington no necesitaba lo anterior.
Con
buena voluntad la película se sostiene durante las dos horas largas de
su duración pero el desarrollo cantado, sin duda, atenta contra el
filme.
Gustavo
Camps
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