¡Qué hermoso es vivir en el primer mundo!. Felicidad (Happiness,
su título original), de Todd Solondz, es una muestra audaz, crítica, corrosiva y sin
concesiones sobre lo que queda del american way of living en este fin de siglo.
La familia Jordan esta compuesta por papá y mamá, Lenny y
Mona (Ben Gazara y Louise Lasser), un matrimonio sin amor; sus hijas son Joy (Jane Adams),
que a pesar de sus 30 años aun vive en la casa paterna sin profesión, sin pareja ni
trabajo estable, Helen (Lara Flynn Boyle), una escritora de best seller relativamente
exitosa, también sola, que ruega por una experiencia vital y Trish (Cynthia Stevenson),
ama de casa cuyo esposo Bill, es psicólogo.
Allen es paciente de Bill, vecino de Helen y amigo de
Kristine, una robusta mujer que odia el contacto corporal a muerte (verán que esto es
literal). Su hobbie es hacer llamadas sucias. Merece un reproche la reiteración de actos
que se suman para construirlo. "Nuestra percepción de la realidad es vaga - decía
Jorge Luis Borges - de ahí el peligro de inventar muchos detalles".
El personaje de Trish es paradigmático. Cree a rajatabla en
el sistema, considera a sus hijos "el futuro del país". No tener relaciones
sexuales con su marido desde hace tiempo y el hecho de que este sea pedófilo confeso no
mellan su esperanza. Sus frases hechas para asimilar la realidad figuran en el manual de
todo político que se precie.
El formato utilizado por el director para contar esta
historia es el de comedia negra.
La doble moral, la soledad, el cinismo en las relaciones,
están elaborados de tal manera por Solondz, que es fácil pasar de la risa franca a la
mueca nerviosa en un instante.
Una mirada superficial nos haría pensar que el filme pone su
acento en la pulsión sexual, pero eso es sólo un condimento de una propuesta más
integral que cuestiona la ética de una sociedad, el modo de ser al que se aspira a
través de la conducta moral.
Gustavo Camps
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