En
este filme Cozarinsky nos muestra dos experiencias posibles en una
ciudad polifacética, internacional, sin dueños o mejor dicho, con
infinidad de dueños que la recorren día a día. Por un lado la Tánger
literaria (él utiliza el término novelesco) con secretos apócrifos y
efectivos para entretener en una tarde de sol y de lectura. Por otro la
Tánger despiadada, la ciudad que atrapa como una víbora de mil cabezas
y consume al quien se atreve a recorrer sus calles sin amparo. En uno y
otro caso, quien sobrevive a Tánger ineludiblemente se vuelve cómplice.
Las
diferencias entre estas dos caras del espejo son irreconciliables, por
eso los personajes que en el filme transitan cada una jamás se
encuentran. Esto también lo ha dicho el director: “atraviesan la
misma ciudad pero viven en mundos separados”.
Es
interesante como el filme de Cozarinsky muestra como en un documental
estas dos historias de ficción. La de un niño emigrante clandestino
que busca los improbables beneficios de la sociedad de consumo. La de un
escritor en busca de motivos y argumentos para su literatura.
Lo
que comparten ambos es solamente la geografía. El primero terminará en
una playa solitaria como suelen terminar los desamparados: solitario,
con su cuerpo y su vida como único sostén. El escritor recorrerá
lugares que otros escritores – Foucault, Barthes – ya recorrieron
antes y quedará preso de la ciudad.
Fantasmas
de Tánger marca una fractura en la filmografía de
Edgardo Cozarinsky. En el BA II Festival se le escucho decir
sobre el filme: “Tal vez se trata de un comienzo. Improvise mucho
durante la filmación”.
En
cualquier caso, Fantasmas de Tánger es un filme original de los que se
goza en la sala de proyección.
Gustavo Camps
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