Para
los católicos los estigmatizados son una suerte de elegidos - sumamente
creyentes - por medio de los cuales se expresa el todopoderoso. A
estas personas les aparecen en el cuerpo las llagas sufridas por
Jesucristo en la crucifixión: en las manos, los pies, en la frente por
la corona de espinas y en el costado del torso por un lanzazo.
Sobre
la base de este misterio religioso, Rupert Wainwright construye una película
de suspenso sobre una joven peluquera (Patricia Arquette) que, sin ser
especialmente creyente, sufrirá también en su cuerpo las
heridas de los estigmas.
Se
nota a simple vista que Wainwright
se inspiró muchísimo en El exorcista para construir a los personajes
principales de este filme.
El
padre Andrew Kiernan (Gabriel Byrne) debe asistir a la estigamatizada en
un momento en que su fe - tal cual le pasaba al padre Karras de Friedkin
- lo tiene a maltraer (“es más un investigador que un cura”, dice
sobre él otro religioso en un momento del filme).
Junto
con las heridas de la cruz, las joven sufrirá convulsiones, peleará de
igual a igual contra Kiernan; sobre su cuerpo
aparecerán textos en forma de llagas y hasta tendrá su propia escena
de levitación (¿se acuerdan de Regan suspendida sobre su cama frente a
la mirada atónita de Merrin y Karras?) que en este caso terminará en
forma de cruz.
Las
crítica frontal a las jerarquías del Vaticano que explicita el filme
es remanida y - a esta altura - vetusta. Si es que causa algún efecto,
más que sorprender por audaz da gracia por anacrónica.
La
gacetilla de prensa hace referencia a un proceso de revelado especial
llamado “decoloración de salto” que consiste en apagar los colores
y profundizar el blanco y negro en algunas escenas para crear climas
misteriosos.
El
efecto especial existió técnicamente hablando, pero justo es decirlo,
entre los espectadores no logró el objetivo esperado: crear mayor emoción,
miedo, cierto clima, sobretodo por el hecho de que la película se apoya más en la
acción que en los climas.
Gustavo
Camps
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