En
el Hong Kong de 1997 los
fuegos artificiales están a la orden del día.
El traspaso de la ciudad a China después de años de dominación
inglesa, la inauguración de un puente hacia el nuevo aeropuerto, el año
nuevo. Todas son buenas excusas para festejar.
Sin
embargo no todos están de fiesta.
Los
miembros chinos del ejercito británico quedaron desempleados.
Los
jóvenes marginales del oriente capitalista ven la ciudad como una
jungla donde, obviamente, rige la ley de la selva.
En
El verano más largo, el director Chan narra las vicisitudes de ambos grupos.
La
historia se focaliza en dos hermanos; uno cuarentón, ex soldado chino
de los británicos que desorientado por los cambios busca su nuevo lugar
en ciudad; el otro, un adolescente pragmático y violento.
Las
reiteraciones y la inclusión de distintos nudos de conflicto, no todos
resueltos, alargan este filme que provisto de una buena síntesis
hubiera resultado interesante. La cámara de Fruit Chan es buen testigo
del Hong Kong de fin de siglo, pero los paneos por la vistosa ciudad se
desvirtuan con tantos minutos de más.
Gustavo Camps
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