“El
que escuche música irá al infierno”. Mohsen Makhmalbaf, director de
El Silencio, escuchó muchas veces esta frase cuando niño. Su abuela,
una mujer sumamente religiosa, se la decía constantemente y además le
enseño a taparse las orejas en la calle para evitar la música.
Para
el niño Jorshid, el personaje del filme, escuchar es vital porque es
ciego.
Jorshid
no solamente escucha música porque es afinador de instrumentos
musicales. Para poder subsistir sin la vista ha aprendido a escuchar la
música de todo lo que lo rodea.
El
movimiento del mar, el sonido crocante de un trozo de pan duro, los
ruidos de la ciudad, las conversaciones de la gente en un colectivo, los
reclamos de un cliente de su patrón, los miedos de su madre por la
falta de recursos para solventar el alquiler de la casa, la dulce voz de
Nadereh, una pequeña amiga que lo acompaña desde la parada del ómnibus
al trabajo.
La
cámara del director iraní registra todo esto en detalle, con primerísimos
primeros planos del rostro del niño, con planos de talle de sus orejas,
con tomas secuencia de su manera de escuchar el mundo.
De
un manera sumamente refinada, dando preeminencia a las imágenes sobre
los parlamentos, con recursos poco usuales aunque existentes desde hace
mucho tiempo en el cine (montaje por atracción, por ejemplo) Mohsen
Makhmalbaf cuenta la historia de Jorshid, este niño ciego que a pesar
de no poder ver, aprecia la belleza del mundo que lo rodea sin dejarse
amedrentar por los problemas cotidianos. La película de Makhmalbaf es
afirmativa. No apela al conformismo - por el contrario - propone que en
el peor de los contextos económicos, sociales y políticos, quedan
lugares, bordes, resquicios, donde es posible la felicidad.
Gustavo
Camps
|