Hay
por lo menos dos argumentos en este bello filme de Wu Tianming que
transcurre en la China de principios del siglo XX. Uno es la historia de
un viejo comediante del callejero teatro de máscaras; solitario -
abandonado por su esposa, sin hijos - tratará de encontrar a quien
transmitirle los secretos de su vocación.
El
rey de las máscaras - así lo llaman por su habilidad -
pasa de un personaje a otro con un simple (para él) golpe
de manos. De acuerdo con la tradición su continuador deberá
ser varón.
Esta
obsesión por perpetuar su arte lo enredará con la policía
y terminará preso. Sólo abogarán por él una niña de la
calle (Pichón) - a la que el rey una vez compró creyendo
que era varón y luego abandonó -
y un famoso actor de ópera (Liang) especialista en
personajes femeninos, al que precisamente por esta última
razón el rey no quiso enseñarle su arte.
El
otro argumento - con alta dosis de componente alegórico -
enfrenta al personaje a la nostalgia por un mundo que terminó
y a la inseguridad reinante en el que lo reemplaza. Un mundo
que alberga una sociedad cuya tradición moral no impide el
comercio de niños ni el cinismo de las autoridades. Una
sociedad donde el mejor papel femenino lo hace un hombre. Un
mundo donde priman las máscaras pero el rey de las máscaras
está del lado de las víctimas. La película de Tianming,
en este sentido, retrata los avatares de una época.
El
director Wu Tianming pasó alrededor de cinco años en los
Estados Unidos, vio muchas películas y a juzgar por la
tensión que logra en varias escenas de este filme - Pichón
colgada de una soga amenaza arrojarse al vacío si el
comisario no revisa la condena al rey, por ej. -
rescató lo mejor de la industria.
Curiosamente
El rey de las máscaras ha logrado gran parte de sus
galardones en festivales o en capítulos de estos dedicados
al cine infantil. Definitivamente, si se acepta que la trama
también resulta de interés para el universo infantil, no
se trata de una película para niños realizada bajo los códigos
del entertainment.
Gustavo
Camps
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