Resistirse
al movimiento, y a la vez, abandonarse a su devenir y a las sensaciones
que éste provoca. Asistir al cine como quien asiste a un sueño.
El
nadador inmóvil, opera prima del joven realizador Fernán Rudnik, se
enrola en la línea del llamado cine experimental, rótulo que suele
justificar extraños engendros pero que en esta ocasión hace honor a lo
que promete.
Intelectualizar
la anécdota quizás sea lo que menos importa, Rudnik entrega un filme
que le propone al espectador dejarse llevar por un río de imágenes,
bellas, encerradas, frágiles, cristalinas.
Una
película que invita a perderse entre sus blancos y sus grises, a sentir
el vacío de una pileta con peces secos, dibujados con birome, a
transitar en la soledad de recreos de fin de semana desiertos, de
miradas que no conducen a ninguna parte.
Y
en el medio siempre las palabras de los demás, el ruido que producen
las vidas de los otros, el sonido ambiental adquiere una preponderancia
paradojal para este chico al que la vida le pasa siempre por el costado.
El rumor de las calles, los bares, el agua. El protagonista toma un
colectivo, en el asiento trasero una chica lleva una remera con la
inscripción Decímelo todo en francés, un idioma ajeno, buen mensaje
para un protagonista mudo, en un filme donde los hechos pasan por los
silencios y no por las palabras.
Su
mundo está rodeado por círculos que se repiten, encierran y atrapan.
Sus visiones tiene que ver con bellas rejas artesanales por las que se
filtra la luz pero no la fuerza de la propia vida, atrapada en una cama
casi hospitalaria o en un disco rayado que repite eternamente “sexy
bon”.
Al
final, Salva (Diego Starosta)
busca partir en un barco que quizás vaya hacia ningún lado, poco
importa: decidió por fin una cierta ruptura, un giro interno, romper
con la inercia.
El
nadador inmóvil marca una interesante entrada de Rudnik al mundo del
cine, por una puerta lateral poco convencional.
Mención
aparte merece la excelente fotografía de Esteban Sapir.
Rudnik,
seguramente también eligió un barco sin puerto seguro para su película,
pero, como a su protagonista, hay que decirle que siempre vale la pena
arriesgarse.
Marcela
Barriopedro.
El
placer de la incorrección
Asistir
al cine como se asiste a la vida: sin saber que pasará. Asistir al cine
sin esas guías redactadas siempre por otros que llamamos “géneros”
y que le sirven más a la gente de marketing para centrar sus mensajes
que al espectador para soñar e imaginar. Asistir al cine sin
preconceptos. Asistir al cine para experimentar sentimientos.
Si
lo analizamos desde el género este original filme está incorrectamente
narrado. Y justamente allí esta lo valioso de la puesta de Rudnik: no
se deja atrapar.
Ni
siquiera corresponde llamarlo experimental pues Rudnik no expone planos
para ver que pasa. Sabe perfectamente lo que quiere con su filme y lo
hace.

Peces
si, pero no en el agua
El
nadador inmóvil no tiene ataduras. Las imágenes están escindidas del
sonido, los diálogos no se escuchan, es en blanco y negro; tiene
comienzo, desarrollo y final pero no están expresados necesariamente en
ese orden.
¿Qué
pretende Rudnik con su película? Pregunta fácil para contestar después
de ver cualquier película del mercado, pero no pertinente para el filme
de Rudnik. En El nadador inmóvil es el filme el que nos interpela. ¿Que
hacemos con el filme de Rudnik? Esta es la cuestión. El nadador inmóvil
presupone espectadores activos capaces de inventar, en la concepción más
amplia de este término.
No
hay flashback, no hay carteles que nos indiquen una época, por el
vestuario y el aspecto de los escenarios parecen hechos de nuestra
contemporaneidad. Pero nunca sabremos con precisión si se trata de
acciones del personaje (Salva), imágenes oníricas, recuerdos o
simplemente delirios de Salva.
Los
escenarios son de Buenos Aires y el conurbano. La fotografía de Esteban
Sapir es impecable. Verla y
disfrutarla, es lo mejor que se puede hacer con este filme.
Gustavo
Camps
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