Mina
es una niña de diez años que un día de tantos espera que su mamá la
pase a buscar a la salida del colegio. Esta vez la madre no llega y ella
entonces - no sin angustia - se aventura por las abarrotadas calles de
Teherán.
¿Cuántas
veces hemos deseado que lo que acontece sea parte de un sueño? El
famoso: “no, esto a mi no me está pasando”. Cuántas veces hemos
deseado que algo termine “como en las películas”.
¿Lo
real supera la ficción o es al contrario? ¿La vida es tan maniquea ?
¿Una película tiene que ser como la vida?
La
cámara de Yafar Panahi trabaja a partir de (por lo menos) estas
cuestiones.
En
El Espejo veremos lo que pasa cuando nos encontramos con la oportunidad
de recorrer ambas márgenes del
río: lo real y la ficción.
Sólo
adelanto que el director nos indica que ambas pueden incomodar o
complacer, pero que es necesario afirmar la vida y las convicciones, en
ambos casos.
Como
en otros filmes iraníes - al menos los que hemos podido ver en la
Argentina - también aquí se pueden descubrir algunas costumbres de
este pueblo. Las mujeres viajan separadas de los hombres en los
colectivos. Algunos, a pesar de sus preocupaciones, se solidarizan con
una niña perdida en la ciudad. No tanto con un anciano que intenta
cruzar una avenida. Los taxis se comparten.
Por
lo demás, Panahi, como Majidi o Kiarostami, apuesta a la narración
cinematográfica llana, económica. De esta manera, cuando aparece un
artificio, este luce en todo su esplendor. Así ocurre con esa escena de
El Padre (Majidi), cuando una foto recorre un hilo de agua para afirmar
la unión entre Merolá y su padrastro. El Espejo también tiene la
suya.
Este
filme, el segundo largometraje de Yafar Panahi, obtuvo el Leopardo de
Oro en el Festival de Cine de Locarno de 1997.
Gustavo Camps
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