Un
espectador distraído podría pensar que el ritmo de este logrado filme
no es el adecuado.
Pero
es que la cámara de Arturo Ripstein - más allá de su característica
virtuosidad para expresar atmósferas - descarta las acciones vanas,
para ocuparse a fondo en los protagonistas principales.
La
cámara lo hará con movimientos sutiles, con imágenes que retratan,
ante todo, la digna fragilidad del coronel y su esposa Lola.
Son
las imágenes de ambos en la cocina de la casa conversando, de él
parado en el muelle esperando el correo que nunca llega, de ella
bordando en la cama junto a él (por citar algunas secuencias) lo que
nos muestra esa fragilidad que de tan digna transmuta en fortaleza.
Por
eso el ritmo apacible y natural del filme también se siente ante las páginas
del libro de García Márquez, aunque (algo evidente para quien leyó la
obra) el guión es una adaptación libre de la guionista Garcíadiego.
“Pocas
veces me había enfrentado a un trabajo tan suave” ha dicho Garcíadiego
con relación a su tarea. Esto se siente porque los dos personajes son
tan dignamente frágiles que necesitan ser tratados con suavidad.
Necesitan ser protegidos.
La
manera de construir a los personajes también puede producir cierto
extrañamiento pues sin duda desencajan en el mundo utilitario y cínico
con el que estamos acostumbrados a lidiar.
El
director Arturo Ripstein ha dicho que esta historia “como la cebolla,
tiene tres estadios”. El primero se corresponde con la historia de un
hombre agobiado por el hambre y la burocracia, el segundo es la historia
de un amor recatado prudente y sereno; por último,
el tercero corresponde al del poseedor de una utopía a quien le
han arrebatado el mundo al que pertenecía, con reglas y valores
inevitablemente perdidos en su presente.
Agregaremos
que hay un tema abarcador y es el de la dignidad. La dignidad de un
hombre y una mujer decentes por sobre todas las cosas, sin el menor
atisbo de que conveniencia alguna atenúe esa dignidad insobornable. Por
eso son fuertes y fortísimos aun empobrecidos, avejentados y golpeados
por la vida (el único hijo de ambos ha sido asesinado). Les falta la
comida pero no piden ni aceptan
que les den.
Tienen
un gallo de riña, legado de su hijo, al que cuidan más que a ellos
mismos. Con él comparten la miseria.
Viernes
tras viernes, durante veintitantos años,
el coronel espera su cheque de pensión, parado en el muelle,
pero la lancha con el correo nunca lo trae. Nunca lo traerá. Pero él
sigue allí viernes tras viernes. Esa es la historia.
Gustavo
Camps
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