El
fenómeno de Dragon Ball Z en el cine, excede la proyección.
En
efecto. Me toco ver el preestreno (no era una privada de prensa) en una
sala repleta de nenitos (mi hijo de cinco años, Julían, estaba allí,
por supuesto) y de adolescentes que gritaban, se emocionaban, estaban
encantados con el sonido estrepitoso.
El
argumento de Dragon Ball Z III - Guerra en los mundos carece de
originalidad, es uno más de la serie cinematográfica (Dragon Ball Z -
La Película y Dragón Ball Z II - El Poder Invencible) y semejante a
cualquiera de los capítulos de la televisión.
Los
chicos lo saben. No importa. Ningún fan estará dispuesto a perdérselo.
Goku,
Gojan, Pícolo, Krillin, Vegeta; los malos Bojack y Janemba; El pícaro
Mr. Satán. El torneo de rigor, la fusión para adquirir mayor poder. El
mundo del más allá. Todos los chicos disfrutando y no pocos papás
perplejos por la violencia y por el humor ramplón de algunas escenas
(Goku y Vegeta se fusionan mal y aparece un super héroe de lo más
torpe).
No
importa. Ningún fan estará dispuesto a perdérselo.
Junto
con las peleas, los golpes, las técnicas y poderes y las habilidades
especiales de cada personaje también se plantean
entre ellos cuestiones de amistad, amor filial, paternal y
maternal, celos y sentimientos, a veces a partir de situaciones por demás
ingenuas, comparadas con el nivel de violencia.
Más
que desde lo cinematográfico sería interesante el análisis del fenómeno
Dragon Ball Z desde la sociología.
Gustavo
Camps
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