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DOS CHICAS Y UN MUCHACHO


1998
Color
EEUU
Dirección y guión: James Toback
Formato: Video
Elenco: Robert Downey, Jr, Heather Graham, Natasha Gregson Wagner


Dos jovencitas esperan paradas frente a la puerta de un loft que se levanta en una calle solitaria de Manhattan. Una (Heather Graham) está callada, tiene aspecto distinguido y viste elegante. La otra (Natasha Gregson Wagner) destila vitalidad y viste sport. 

La segunda pretende entablar conversación, habla hasta por los codos, gesticula, finalmente, cuando comenta que sorprenderá a su novio que llega de viaje (Robert Downey,Jr) la primera reacciona porque también ella está allí por lo mismo: caen en la cuenta de que comparten al galán.

Entran al departamento del pícaro seductor de manera poco convencional, cuando llega lo encaran y partir de allí, con los tres en ese único escenario del departamento, se desarrolla lo principal de la puesta.

La idea es poner en el tapete la práctica de la monogamia.

Lamentablemente, los parlamentos de este filme - que es donde el director ha querido centralizar el trabajo - son superficiales, con lugares comunes y carentes de cierta resonancia que podría equilibrar la natural preponderancia que en el cine tiene la imagen sobre las palabras.

Lo que hay en Dos chicas y un muchacho son reproches, insultos, neologismos, una extemporánea cita de Shakespeare y hasta una curiosa referencia al mormonismo (una secta religiosa norteamericana que en sus inicios, en el siglo XIX, permitió la poligamia).

Por momentos son las actuaciones las que sostienen el filme. Se luce Robert Downey, Jr

Entonces, las escenas cargadas de acción (me refiero a esa de sexo entre Graham y Downe,  por ejemplo, o la otra en la que él arma su suicidio en la bañera) resultan discordantes frente a tanto texto intrascendente.

Como ejemplo de lo que puede hacer un texto cuidado traigo a colación el filme  My dinner with André, de Louis Malle, de los años sesenta, donde la acción ni siquiera transcurre en un gran ambiente, sino, en la mesa de un restaurante con dos personajes del off Broadway hablando del teatro y la vida  durante 90 minutos sin parar, sólo cortados por el mozo al servir. Primeros planos y algún plano detalle, es todo lo que puede hacer la cámara, el dialogo es lo fundamental y la hora y media se pasa volando. Pero esta es otra historia.

Gustavo Camps

 

 
 

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