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1996
Color, 113´
Francia
Dirección y guión: Eric Rohmer
Elenco: Melvil Poupaud, Amanda Langlet, Gwenaelle Simon, Aurelia
Nolin...
En
Cuento de verano el maestro Rohmer
nos describe el pasar de un joven y tres muchachas, adolescentes todos,
en una playa de veraneo. La cámara del director francés se detiene más
en estos cuatro personajes que en la historia que los involucra.
El
compromiso, la fe en uno mismo, el peso de la mentira; de nuevo como en
Cuento de Otoño el tema del azar y la necesidad: “me gusta que el
azar me provoque” dice un personaje, antes otro hará referencia a
“la costumbre del azar”. Todas estas cuestiones surgen a lo largo de
este filme, sobre el cual un espectador (despistado) acostumbrado a las
películas de acción de Hollywood
podría decir: “acá no pasa nada”.
La
anécdota - que existe, por supuesto - es la siguiente: Gaspar,
guitarrista y en apariencia enamorado, llega a la playa de Dinard, en
Britania, para encontrarse
con Lena. Allí la joven Margot - estudiante de antropología en
invierno, camarera en verano - lo interpela con ánimo de romance pero sólo
entabla una amistad con él. Mientras llega Lena, Gaspar flirtea con una
joven a la que conoce en una disco.
Lena
está enamorada de Gaspar pero quiere la libertad de salir con sus
amigos y pasear sin rendir cuentas. La joven de la disco es de las que
no se acuesta en la primera cita pero adora provocar. Margot no quiere
ser la suplente y menos la suplente de la suplente. Gaspar tien fe en su
música y no se decide por ninguna de las tres chicas o está decidido
por las tres.
La
palabra - como en otros filmes de Rohmer - cobra aquí un papel
preponderante, en tanto juega el rol de índice con respecto a las
acciones de los personajes. Gaspar, sobre todo, queda atrapado
constantemente en las telarañas del lenguaje (soy transparente, dice en
una escena).
Para
estos personajes del filme - para la burguesía ilustrada contemporánea,
si se me permite generalizar - la palabra y la acción corren por
carriles separados.
Como
siempre, para empapar de sentido su película el maestro francés invoca
lo trivial, lo intrascendente, lo desechable en cualquier otro contexto,
que no sea un filme de Rohmer.
Gustavo
Camps
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