Cha-cha-cha
es una comedia romántica y entretenida
cuyos temas principales son la mentira, la maquinación y la
amistad.
Lucía
(Ana Alvarez) es la amiga del alma de
María (María Adánez) aunque esto no le impedirá urdir una
confabulación para atrapar a Pablo (Jorge Sanz), el novio de esta.
Busca
un candidato profesional (un modelo de lo más guapo), Antonio (Eduardo
Noriega), y se lanza al
ataque. ¿Hasta donde son capaces de llegar las mujeres cuando quieren
conquistar a alguien? Lejos, nos enseña Antonio del Real.
Pero
en el mundo ya no hay sujetos, hay fuerzas en relación que pocas veces
- si es que eso es posible (lo dudo) - tienen efectivamente el control.
Tal vez sea esto lo que le da gusto a la vida.
La
historia del cazador cazado ha sido contada varias veces en el cine, no
obstante, la comedia de Antonio del Real se deja ver, tiene ritmo y
busca la complicidad del público.
Los
protagonistas son jóvenes, por lo que sus acciones tienen mucho de
ingenuidad.
Cha-cha-cha
no aburre y uno espera el final cantado sin impaciencia, porque no se
intenta (vender) otra cosa, que
mostrar lo que se ve en la pantalla.
Gustavo
Camps
BURLA
A LA INTELIGENCIA
Hay
películas que no merecen una línea de crítica. Entre
ellas está Cha Cha Cha. Pero es posible fundamentar por qué
no ameritan ese pequeño esfuerzo intelectual. Presuntamente,
esta realización de Antonio del Real quiere hablarnos sobre
la amistad, el amor y la traición entre la población de
menos de 30 años pero mayores de 20. De allí que la
historia se centre en una linda empleada de una agencia de
castings, Lucía, y su amiga desde la niñez, María. Ambas
comparten todo, salvo a Pablo, novio de María, que mira con
avidez a Lucía pero trata de que su novia no se dé cuenta.
Esta suele soñar con hombres muy diferentes al bajito de
Pablo, hombres que Lucía, por su trabajo, suele ver en los
castings y hasta contratar.
Una
invitación a una fiesta de un hombre muy feo que busca
novia trastocará la vida de las amigas, al menos en
apariencia. María se va temprano a su casa y deja a Pablo
el encargo de que cuide a Lucía que suele tomar demás. Al
llevarla a su casa, Pablo cumple con lo que se supone: tener
una relación sexual, producto de las copas, producto del
deseo subyacente entre ambos, producto de la famosa “química”.
Pero Pablo no abandona a María y Lucía, por su parte,
ahora está convencida de que su amor es Pablo. Para que María
se interese por otros hombres, Lucía contrata al modelo que
a su amiga le gusta, el apuesto Antonio. Será manejado, en
apariencia..., como un títere por Lucía, que le paga sus
honorarios diarios con puntualidad. Para él es un trabajo
el conquistar a María y estudia todo lo que a la joven la
interesa, de acuerdo a las indicaciones de Lucía. Sin
embargo, es Lucía la que está cayendo en una trampa,
mientras va urdiendo la trampa, valga la redundancia, para
María. Pablo, a pesar de que quiere a María, no deja de
seducir a Lucía, Antonio está en la misma actitud
supuestamente. Pero hete aquí que ambos son presentados por
las chicas ¡y son amigos desde la infancia (la única
escena “clave”), que hacía cuatro años que no se veían!
ante el estupor de Lucía... ¿y el de María? Lucía, en su
afán de que María demuestre que no lo quiere a Pablo, de
que es capaz de caer en las redes de otro hombre, está
dispuesta a enseñarle a Antonio hasta cómo usar un condón.
Llegado a este punto, y cuando parece que María se
convertirá en la “costurerita que dio el mal paso”, el
film, que ha sido “desnutrido” de actuaciones valiosas
de cualquier índole hasta ese momento, se torna más que
tonto, pueril, insufrible. La chatura de la filmación es
tan exasperante que, y esto sin duda, se puede afirmar que
en la televisión hay realizaciones de mucha mayor
envergadura. Plano y contraplano, primer plano del que habla,
pase rápido a la cámara con primer plano del que escucha.
Y se terminó el talento cinematográfico. Sumemos a
esto la artificiosa actuación de Eduardo Noriega, Ana
Alvarez, María Adanes y Jorge Sanz, que casi no pueden
pronunciar rápido una frase sin generar el temor, en el
espectador, de que se van a trabar y decir cualquier cosa.
¡Y presintiendo que el director no se va a dar cuenta y lo
va a dejar! Esto se llama vergüenza ajena. Es lo que deja
en el espíritu “Cha Cha Cha”, un subproducto indigno de
todas las pantallas, chicas y grandes.
Elsa
Bragato
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