La
película de Carlo Lizzani sobre la filmación de Roma,
cittá aperta (Roma, ciudad abierta, 1944-45) es una épica y un
homenaje a sus hacedores: el guionista Sergio Amidei, el director
Roberto Rosellini y los actores Aldo fabrizi, Anna Magnani y María
Michi, entre otros.
Roma,
cittá aperta fue tomando forma desde
antes de que los alemanes abandonaran Italia definitivamente en la
segunda guerra; se filmó bajo las condiciones más apremiantes. La única
seguridad con la que contó fue la fuerza de voluntad de un grupo de
artistas dispuestos a filmar.
Por
aquel entonces Lizzani escribía guiones y ensayos para la revista
Cinema, uno de los pilares del neorrealismo italiano.
En
Celuloide, la cámara de Lizzani y el guión de Pirro y Scarpelli
logran captar aquella fuerza.
Varios
párrafos de ese guión, además, sirven para aprender unas cuantas
verdades sobre el cine, los actores, los productores y el público. Son
esos diálogos en los que los protagonistas largan al pasar frases como
estas: “en el cine nada es seguro” (Rossellini), “en el cine todas
quieren hacer de putas” (Michi), “los actores nunca decimos la
verdad” (Magnani), “usted usa su inteligencia para ser estúpido”
(Amidei al productor Pepino Amato). Son las escenas donde Rossellini,
Amidei y Amato (que propiciaba una comedia para atraer multitudes)
discuten sobre la película (leasé: el cine) que quieren.
El
libro apela al detalle para reconstruir el contexto de la Roma de
postguerra (azúcar, café, cigarrillos son poco menos que lujos, a
veces, inalcanzables) y expone una aguda caracterización de cada uno de
los personajes involucrados en el filme.
Así
veremos a un Rossellini seductor, paciente y componedor; a un
intransigente y solitario Amidei, también endurecido por la vida y
seguramente por la guerra; a una Magnani apasionada pero atormentada por
sus desencuentros amorosos; a un Fabrizi que se empeña en afirmar su
profesión de comediante (llora al leer el guión de Roma...;
“hay que ser valiente para hacer reír hoy en Roma” dice en otra
escena); y por último, a
una joven e inexperta María Michi que lucha con uñas y dientes por
tener aire al lado de una personalidad como la de Amidei, su pareja.
Lizzani
incorporó en su filme trozos de la obra de Rossellini, practicó
transposiciones de imágenes e insertó a personajes de su filme sobre
planos de Roma cittá aperta.
Esta exquisita composición realza la narración de Celuloide. Esas imágenes
resultan doblemente exquisitas para quienes vieron el filme de
Rossellini.
La
escena en la que Rossellini y Amidei eligen a unos personajes entre los
comensales del bar donde se reúnen a trabajar (un arquitecto, un
periodista) sintetiza la búsqueda del nuevo estilo que terminará
en lo que conocemos como el neorrealismo italiano, una escuela con un
lugar en la historia del cine.
Esto
también deja documentado la excelente y emotiva película de Carlo
Lizzani.
Gustavo
Camps
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