Los
Burnham son una familia típica norteamericana. Podrían ser los Simpson
o la de Yo quiero a Luci, en los sesenta. Pero algo ocurre en la cabeza
de papá Lester Burnham que decide tirar por la borda sus principios de
ciudadano medio norteamericano. Deja el trabajo, inicia ejercicios aeróbicos,
vuelve a los porros de la adolescencia, en fin, deja de ser útil al
sistema; pero no entremos
en pánico que no es para tanto.
Hacia
el final de American beauty hay una escena que desenmascara el verdadero
alcance de este filme: el renovado papá Lester, cuarentón él,
esta a punto de hacer el amor con una bella y adolescente (Mena
Suvari) amiga de su hija, pero se abstiene cuando la chica le avisa que
es su primera vez.
Esta
escena marca el límite, indica el lugar hasta donde es capaz de llegar
- y no pasar - una industria que para subsistir necesita apuntalar cada
vez más las instituciones que la hacen posible.
Esto
es lo máximo que nos puede ofrecer hoy el cine institucional. No en
vano American beauty - que dicho sea de paso es la opera prima de Sam
Mendes, un reconocido director teatral - ha ganado tres globos de oro y
se anuncia como una de las películas de la industria que
se alzará con varios Oscars. De hecho, tiene candidaturas a mejor actor
y actriz (Spacey y Bening), mejor película, mejor director, mejor
fotografía, mejor guión
original y mejor edición.
American
beauty es un filme políticamente
correcto - progre - que nos invita cordialmente a participar de un
sistema totalizador, por no decir totalitario, con fallas pero único.
Para
decirlo en términos argentinos: para ser feliz no hay que sacar los
pies del plato.
El
ejemplo preclaro es papá Lester. No es casual - y en el filme se avisa
desde la primera escena, por eso lo adelanto - que Lester termine con
los pies para adelante.
La
verdadera heroína de esta película es Carolyn (Annette Bening), su
esposa. Una vendedora de inmuebles que con la ayuda de cassetes de
autoayuda sostiene con uñas y dientes su familia, su trabajo, sus
relaciones (laborales todas). Si ella muere se cae el sistema.
Las
otras cuestiones del filme - el militar pro nazi (Chris Cooper), su hijo
Ricky (Wes Bentley) enredado con la hija de los Burnham (Thora Birch),
los flirts de Ms. Carolyn con el rey de las propiedades - giran
alrededor de lo que pasará con Lester.
Desconfío
de las bellezas de este filme, de su ritmo logrado a lo largo de dos
horas, de la muñeca del director para sostener a los personajes, de su
discurso supuestamente progresista. Desconfío de este filme de la misma
manera en que desconfío de la eficiencia y los buenos modales con
que el vendedor de seguros me invita a leer la letra chica del contrato,
donde dice que la empresa no cubre mi reclamo.
Gustavo
Camps
Belleza
americana, una visión irónica
Desde
el corazón de Hollywood llega una visión irónica y contestataria del
sueño americano; dramáticamente, pero también con sutiles toques de
humor, trasmite un mensaje claro y optimista: esta vida, que puede
parecernos estúpida o terrible, vale la pena vivirse.
Es
un pensamiento atemporal cargado de felicidad. Lo común y extraordinario
de este sentimiento es que puede surgir en el momento menos
pensado y aún en el corazón del ser más anónimo y gris.
Las
circunstancias del destino nos
pueden conducir inesperadamente
a la toma de conciencia, aunque sea por un instante, sobre la belleza
del mundo que habitamos y que nos habita, pero además, a sentir
gratitud por haberlo experimentado.

Un
sueño que bien podría ser realidad
Sólo
es necesario salir del vértigo de las estructuras sociales, reflexionar
sobre las auténticas necesidades y recordar simplemente que aquellos días
felices aún
son posibles de revivir.
Lo
que me resultó inmediatamente asombroso de esta excelente película es
que sea una ópera prima ; aunque
Sam Mendes ya es reconocido como un talentoso director teatral
¡qué bien se
adaptó al lenguaje fílmico!.
Además, lo genial es que un tema
como el referido al ser, propio de antiquísimas religiones, se
muestra absolutamente desacralizado y bajado a lo doméstico. Así
configurado resultará comprensible para todos.
La
atmósfera de sinceridad y de explosión de libertad que los personajes
logran recrear está asociada
a la credibilidad de
las actuaciones, a un texto diáfano y a una dirección de arte
exquisita y sensual que
juega constantemente con la mítica imagen de la belleza ya registrada
como propia por la industria cinematográfica hollywoodense y, ¡oh casualidad!, puesta
como el motor inicial de la historia. Ella será
el deseo más preciado a
poseer, para luego muy
dulcemente renunciar.
Quizás
podríamos hablar de un Nuevo Sueño Americano, pero ahora
verdaderamente accesible a todos.
El
secreto parece ser simplemente saber
direccionar nuestros sentidos, el director señala hacia nuestro
interior.
Armando
D´Angelo
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